Para que se vayan haciendo una idea, comenzaremos con una nota a pie de página.
Ante la presencia de una actriz bisexual con ligero bozo, voz profunda y casi sin cabellos, oí exclamar a un hombre bisexual: “He aquí una mujer espléndida”. “La mujer” para cada individuo es algo diferente y, sin embargo, es siempre la misma. Cada poeta ha cantado a la mujer bajo un aspecto distinto, lo que no obsta para que siempre sea igual. [Sexo y carácter, Oviedo 2004, p.132 n.]
Vale, no es una cita especialmente representativa de lo que más suele llamar la atención, supongo, a los lectores actuales de Weininger. O sea, sus hiperbólicas misoginia y antisemitismo (esto último es bastante interesante si pensamos que Weininger era de origen judío, aunque se convirtiera a los veintipocos al cristianismo). Otros dos aspectos que suelen citarse inexcusablemente en el personaje: se suicidó con 23 años, convirtiéndose en algo así como un romántico tardío (ay, esa Viena de principios de siglo…), y su obra tuvo cierta influencia en personajes tan punteros como Ludwig Wittgenstein. Esta relación, muy interesante por sí misma, quedará para otra ocasión, tal vez.
Fíjense: ante una señora con síntomas de mostacho, voz seguramente cazallera y medio calva, el “hombre bisexual” se maravilla. Algo así como una variante del similia similibus curentur. En cambio, el mismo Weininger muestra, a lo largo de toda la obra, una consideración sobre la mujer -sobre toda mujer- que dista mucho del elogio. Más allá, sin embargo, de la valoración que la mujer pudiera merecer, lo que Weininger nos señala como importante es la identidad esencial que se mantiene frente a todas las perspectivas particulares. La mujer, sí, presenta aspectos, facetas susceptibles de “objetivación” de algún tipo. Pero parece subyacer una identidad irreductible de base. Veamos otra cita para tratar de aclarar cómo entiende Weininger el tema de la identidad:
(…) los conceptos, como conceptos lógicos, son eternos y conservan su constancia, se consideren o no como sujetos psicológicos constantes. Pero el individuo, al pensar en un concepto, jamás lo hace puramente como concepto lógico, porque no es un ser puramente lógico, sino también psicológico, “impresionado por las condiciones de los sentidos”. De aquí que sólo pueda pensar en una representación general surgida de sus experiencias individuales mediante la recíproca anulación de las diferencias y el refuerzo de las semejanzas (…) [loc. cit., p.231].
La escisión que practica aquí Weininger es más fina de lo que aparenta, creo yo. Podríamos atribuirle un platonismo de andar por casa y quedarnos tan anchos. Pero si uno se detiene un poquito a pensar lo que hay aquí, seguro que se le puede sacar bastante punta.
Vayamos, pues, por partes. En primer término, nos encontramos con la afirmación de la existencia -el status ontológico que pueda tener esa existencia es harina de otro costal, y no le daré vueltas aquí- de conceptos lógicos, caracterizados por su eternidad y constancia. Podemos extraer, sin forzar demasiado, un par de correlatos: por una parte, estos conceptos quedan fuera del tiempo, o mejor, sin relación -inmediata, al menos- con el mismo. Y por la otra, el principio de identidad en sentido fuerte debiera describir tales conceptos en su esencia. Baste de momento con esto.
Por el otro lado, nos encontramos con el modo en el que se piensan los conceptos lógicos. El ser humano expresa, según lo que leemos, una doble naturaleza en su aspecto del pensar: lógica y psicológica. La naturaleza lógica a) o bien es incompleta, fallida, tarada o impedida de alguna manera por sí misma, o bien b) se halla contaminada por la naturaleza psicológica, con la que ha de compartir espacio en el pensar. De este modo, si bien el concepto, considerado en sí mismo, debiera depender del principio de identidad, resulta que en el pensar psicológico depende de las figuras de la diferencia y la similitud. Cáspita.
Vamos a ir identificando las líneas de corte:
- Resultado de la primera escisión: plano del concepto lógico (eternidad, identidad) / plano desde el que se piensa el concepto lógico (experiencia).
- Sobre el segundo plano hallamos nuevas líneas de corte. La experiencia, como posibilidad general, se concreta en la experiencia humana, dependiente del modo del pensar (experiencia general / experiencia humana). Si no ven el qué de esta escisión, piensen en la posibilidad, afirmada exclusivamente como tal, de un entendimiento intuitivo. ¿Ya?
- El plano de la experiencia humana viene dado por la forma general del pensar humano, esto es, de la escisión naturaleza lógica / naturaleza psicológica de nuestro pensar.
- La naturaleza lógica se mantendría indivisible, en el bloque marmóreo del principio de identidad. La segunda, en cambio, dependería del juego de escisiones sin fin y la colección en mazos: escisión diferencia / similitud.
Y termino comenzando a plantear algunas cuestiones que podrían hacerse a partir de aquí. ¿Cuál es la relación entre la identidad y la diferencia? ¿Por qué la similitud cae del lado de la diferencia y no de la identidad? ¿Cuál es entonces la diferencia, anda que tiene bemoles la cosa, entre identidad y diferencia/similitud? ¿Por qué la experiencia humana es así y no de otro modo? ¿Cómo puede ser que ella misma, dada la naturaleza en la que se autodescribe, sea capaz justamente de esa autodescripción (y al punto tanto Weininger como, probablemente inspirado inicialmente por éste, Wittgenstein tienen interesantes consideraciones al respecto, otro día igual les hablo un poquito de esto)? Y, quizá la pregunta que a mí me parece personalmente más interesante, en tanto es la pregunta más inicial sin las que las demás ni siquiera caben, ¿y antes de las escisiones? ¿cabe plantear ese antes, o precisamente lo que es originario es esa escisión? De ser éste el caso, ¿qué determina, a qué condena ese “pecado original”, o ese fatum ineludible? Pero, ¿seguro que es tan ineludible? ¿Hay alguna manera de hacer trampas y mirar detrás de ese escenario?